Olvídate de “Juego de Tronos”, porque aquí llega la historia de Alemania: Hasta 1871 Alemania tuvo reyes y emperadores, pero no existía como Estado nacional. Hubo épocas en las que el Imperio fue un mosaico de más de 1.000 territorios: algunos tan grandes como países y otros de apenas unos kilómetros cuadrados. Reyes, príncipes, condes y duques rivalizaban por hacerse con el poder y ganar influencia. También los arzobispos y otros gobernantes eclesiásticos desempeñaban un importante papel político. Mientras tanto, las ciudades se disputaban las rutas comerciales y las áreas de influencia. Y todo caballero que se preciara construía su propio castillo: en plena Edad Media había más de 13.000 en el territorio de la actual Alemania.
¿Qué revelan los castillos sobre la historia política de la Alemania medieval?
El castillo de Eltz parece sacado de una película de Disney. Oculto en lo más profundo del valle del Elzbach, el castillo se alza sobre un promontorio rocoso en pleno bosque. Hoy, la región situada entre el Eifel, el Mosela y el Rin pertenece al estado federado de Renania-Palatinado. En el siglo XII, los señores de Eltz gobernaban aquí sus propios pequeños dominios. Estos pequeños dominios locales eran piezas clave en la política de poder imperial. Karl, conde de Eltz y señor del castillo, explica: “El emperador Barbarroja apoyó a cientos de familias de caballeros para contrarrestar el poder de sus grandes rivales.”
El emperador no contaba con una administración central desde la que gobernar todo el Imperio. Cuando el emperador no se encontraba en una región, tenía que apoyarse en los poderes locales: eran ellos quienes gobernaban sobre el terreno, recaudaban tributos y proporcionaban soldados.
¿Cómo era la vida en una Alemania dividida en pequeños estados?
Para viajeros y comerciantes, aquel mosaico político podía convertirse en un auténtico quebradero de cabeza. Las leyes, las monedas y las unidades de medida cambiaban de un territorio a otro, y en cada frontera había que pagar aranceles. El conde de Eltz recuerda el viaje de la madera de abeto que los comerciantes llevaban desde la Selva Negra hasta Róterdam por el Rin: en el trayecto había hasta 40 puestos aduaneros y en cada uno había que pagar un peaje. “Como el peaje se cobraba por balsa, los comerciantes de madera terminaron construyéndolas de hasta 500 metros de largo y 70 de ancho.”
Pero aquella fragmentación en pequeños estados también tenía su lado positivo. Los soberanos ampliaban sus residencias y rivalizaban por atraer a artistas y músicos. Por eso, hoy Alemania cuenta con numerosos centros culturales regionales, en lugar de concentrarlos todos en una única capital. “Además, gobernar a pequeña escala solía funcionar mejor que hacerlo sobre grandes territorios”, afirma el conde de Eltz. “Existía cierta sensación de cercanía entre los gobernantes y sus súbditos. Se conocían y se necesitaban mutuamente.”
¿Cómo pasó Alemania de ser un mosaico político a convertirse en un país unificado?
A principios del siglo XIX, el viejo orden empezó a desmoronarse. Las guerras napoleónicas pusieron patas arriba el mapa político de Europa. En 1806 llegó a su fin el Sacro Imperio Romano Germánico. Tras la derrota de Napoleón, en 1815 surgió la Confederación Germánica, una unión poco cohesionada de 39 estados. Al mismo tiempo, crecía el sentimiento de unidad nacional entre los alemanes. Sobre todo entre la burguesía ilustrada ganaba fuerza el anhelo de una Alemania unida. Muchos querían ser algo más que “solo” bávaros, sajones o renanos: se sentían alemanes, unidos por una lengua y una cultura comunes. “Pero como el presente aún ofrecía pocas alegrías, se prefería idealizar el pasado”, explica el conde de Eltz. “Los castillos medievales, y muy especialmente el de Eltz, se convirtieron en símbolos del ideal romántico.”
Finalmente, en 1871 Alemania se convirtió en un Estado nacional liderado por Prusia y sin Austria. Guillermo I fue proclamado emperador de Alemania. El nuevo Imperio alemán mantuvo también una estructura federal: sus distintos estados mantuvieron una amplia autonomía y tenían voz en la política imperial a través del Bundesrat.
Tras llegar al poder en 1933, los nacionalsocialistas fueron desmantelando progresivamente este sistema federal. Restaron poder a los estados federados hasta acabar con su autonomía política. El sistema federal fue sustituido por un Estado centralista bajo el mando del Führer.
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